El último dibujo le estaba dando más problemas de lo esperado. La primera parte de la secuencia le había resultado muy sencilla, pero el remate de la página se le estaba complicando. Simplemente no sabía cómo acabarla. Decidió repasar su trabajo, en busca de la inspiración momentáneamente (esperaba) perdida.Primero la chica (¿María? ¿Sonia? Ya pensaría el nombre más tarde) entrando en casa del protagonista, espléndida y hermosa con una sencilla falda y un jersey ajustado, él recibiéndola con una media sonrisa mientras el perro la mira con los ojos brllantes por la alegría. Una ilustración a página completa pulida y detallada, no en vano los detalles de la decoración eran los de su propio hogar, la chica era su chica y el perro el suyo. Siempre le había gustado utilizar modelos reales. Ahora que lo pensaba, tal vez podría llamar a la chica Mónica, igual que... Ya pensaría los detalles más adelante.
El resto de la secuencia había salido sola, uno de esos momentos de inspiración tan poco habituales. Un primer plano de cada uno seguidos de una imagen de los dos sentados en el sofá, con el perro a los pies de ella, una escena de conversación entre la pareja. Se sentía especialmente orgulloso de la expresividad que había conseguido plasmar en sus rostros.
Pero lo mejor venía a continuación: Una viñeta panorámica mostraba a la pareja dirigiéndose hacia la mesa preparada para la cena. Ella un poco adelantada, mientras que de él sólo se veía la silueta, una sombra ocultando algo en su mano derecha. Una sombra tras su presa.
La primera viñeta de la parte inferior de la página, el rostro de ella, sorprendida. La siguiente, una mancha de sangre en la alfombra, el perro pisándola. Y...
Claro. Cómo había podido ser tan estúpido. Ahora lo veía, la historia solo podía acabar de una manera.
Cerró el botecito de tinta, secó los pinceles y los colocó al lado de los lápices, y a continuación se dirigió hacia la puerta, con cuidado para no resbalar. Salió al jardín.
Tenía una tumba que cavar.